Te siento respirar
lejos de tu lugar
hoy tuve un sueño con vos,
¡Qué locos éramos los dos
en los buenos tiempos!
Vos deseabas salir
de tu eterno jardín,
yo de mi tonto fulgor,
cuando encontramos era el fin
y la vida el motor.
La línea blanca se terminó
no hay señales en tus ojos
y estoy llorando en el espejo
y no puedo ver.
A un hábil jugador
trascendental actor
en busca de aquel papel
que justifique con la acción
toda fantasía.
Que toca el saxofón
mientras su inspiración
baila tu forma de ser
que desintegra con un blues
esta oscura prisión.
domingo, 1 de noviembre de 2009
domingo, 18 de noviembre de 2007
3. El fin del varano
“En sus canciones, una generación puede sentir en la piel intensamente su época: en su poesía, ochentosa y atemporal al mismo tiempo”: es mediados de enero y, cosas del verano, la misma noche tocan en Río de Janeiro, Chico Buarque, Gilberto Gil, Ney Matogrosso y Barão Vermelho. Diego, un fan de Cazuza, me comenta eso en la fila para entrar al recital de Matogrosso, quien hace poco hizo en vivo algunas canciones de Cazuza, entre ellas “El tiempo no para”, uno de los pocos links de entrada en Argentina al máximo rocker brasilero. Sin embargo, la historia en común con Cazuza va más allá del hit convertido en cortina de tira televisiva: al igual que Miguel Abuelo y Federico Moura, fue un referente de la música pop de posdictadura, pero también un exponente de esa generación a la que la muerte, por causa del SIDA, sorprende en plena juventud.
Tres de sus discos describen como pocos esa tensión entre la esperanza después del largo maltrago y la sensación de que lo bueno se puede acabar rápido: Ideología (1988) y Burguesía (1989) –un cocktail perfecto entre cuestiones afectivas y sociales- y O Tempo não para (1989). En este último las cosas se ponen más densas: es una descripción de época infaliblemente radical, a la vez que un comienzo de despedida. Registrado en vivo, las letras encuentran respuestas en el publico, como el abucheo en “O tempo…” a lo que empezaba a ser la democracia brasilera (“transforman un país entero en un putero/ porque así se gana más dinero”). Pero es en “Faz parte do meu show” (“digo ‘hola’ a un enemigo/ encuentro un abrigo en el pecho de quien me traiciono), la canción que cierra el disco el año antes de su muerte, cuando mejor se vislumbra ese lugar de orfandad generacional que se aproxima con el comienzo de la década siguiente, sensación de cambio de época, de saudades por el fin del verano.
________________________
* este textito fue publicado en el segundo número de THC, en verano del 2007. Mi amigo Ezequiel García escribió otra columna que se titulaba "El comienzo del verano", en donde retomaba la salida de los discos de Virus y los Abuelos, a comienzos de los 80s.
domingo, 4 de noviembre de 2007
2. Sister
“Me parece que es así: que muere mucha gente joven, también por sobredosis. Pero en ese momento justo en mi entorno habían muerto cuatro o cinco personas que yo quería mucho: en el lapso de dos años murió mi hermana, mi primo, mi pareja, otro amante que tenía. Fue como una ráfaga de muerte”, me dice Pablo.
Me detengo bastante en las muertes jóvenes (me obsesiono); esos relatos son, para mí, escenas generacionales. Le pregunto más sobre eso:
Si alguien me diera la opción sin que yo tuviera que cometer suicidio de si querer vivir o morir yo elijo morir, no? No sé…no me…., me aburro un poco.
¿De estar vivo?
Sí, estoy en un momento así como…tal vez lo pienso así, individual. Tampoco me suicidaría…Tengo en mi carta natal un tema así con la muerte. Pienso en maneras, pero no me suicidaría que se yo. Pero si alguien me dice “¿querés morirte o vivir?” y me da la opción así de morir fácil, sin que yo tenga que intervenir, no sé…
¿Siempre tuviste esa fascinación…? (me interrumpe)
¿Pulsión de muerte? Sí.
¿Desde antes de enfermarte?
Sí, sí. Pero ya convivo con eso. Es como algo que ya ni me parece un tema. Soy muy pesimista respecto de la marcha del mundo; me parece que nada va a mejorar, entonces...
Me distraigo buceando por fotologs, chequeo el correo de mis tres casillas y de el del mail clandestino también, reviso la carpeta de spam, hago un llamado de rigor, zapping y me tomo 15 minutos para hacer gelatina. Y vuelvo a leer la entrevista, intento hacer muchas cosas, de improvisar porque no hay nada planeado que quiera hacer. Pero igual caigo en la rutina a una velocidad que me sorprende de nuevo. Llego a la “sección domingo” de la entrevista:
"Siento que capaz nunca estuve muy enamorado de nadie. Tenía una idea del amor de telenovela. Que las cosas no son así. Era muy teleadicto de chico. Miraba todos los teleteatros. Después cuando me fui a vivir solo no tuve más televisión, ni vi mas televisión. Toda la infancia hasta los 14 años no hacía la tarea del colegio y miraba televisión. Llegaba alas 4 de la tarde y veía desde que llegaba a las 12 de la noche todo lo que había: La mujer maravilla, El hombre nuclear, La mujer biónica, El chapulín colorado, la película que pasaran, y ahí forjé mi idea del amor".
domingo, 28 de octubre de 2007
1. No hay nada planeado que quiera hacer
“Argentinos en la misteriosa China”: no sé por qué sigo leyendo la información del Infotrans, el servicio de noticias que viene con un pasaje en colectivo y que transmite un repertorio de notas de color mezcladas con el “¿sabía usted que?”, la sección de chimentos y los datos del tiempo actualizados, además de las propagandas de loterías y accesorios que visten. No me interesa lo que dice pero el neón es irresistible y alcanzo a descender sabiendo que son pocos, casi todos jóvenes y que llegaron “con el boom económico del gigante asiático, que ya está bien despierto”. No me interesa pero además estoy disperso: tengo en la cabeza todavía la voz de Silvina, una fotógrafa de Naturaleza amiga de un amigo: “Porque lo de Claudia fue un antes y un después. Yo venía encaminada hacia algo, pero desde que Claudia tomo su decisión, mi sensación es que –si tuviera que graficarlo– yo iba caminando así, por acá, y desde que Claudia hizo eso yo salí caminando para allá, rápido, medio como que corriendo y que llegó un punto, o sea (cuando fue todo el horror así de las escenas esas de ese día y que se yo) como que me encontré en un punto en el que no sabía cómo había llegado, ni por qué”. Es la tercera vez en la semana que escucho el relato sobre un alguien que elige matarse. No debería extrañarme: vivo en un país en el que hay una muerte por suicidio cada tres horas.
Silvina me lo cuenta en el medio de una conversación sobre mudanzas y comportamiento animal: caí casi por casualidad en su casa el día en que ella había adoptado a su gata Wana Mu, la heredera de Hortensia, una gata quedó en otras manos después de una repentina huida de Buenos Aires durante la crisis del 2001: “los gatos tiene en general cría en otoño y en primavera –me dice, pero en otoño yo todavía no me había mudado”. Mientras damos unas vueltas por el edificio (una fábrica textil abandonada devenida en complejo de viviendas, mezcla de loft y conventillo, a metros de la cárcel de Caseros) me habla de las arañas: mandó la foto de una para que identificaran la especie al Museo de Ciencias Naturales justo cuando modernizaban la sala de artrópodos, y terminaron encargándole que hiciera fotos de arañas e insectos. Cuando reaparece Claudia en la conversación me vuelve una idea de hace un tiempo: que las versiones cuantificadas, estadísticas, sobre el sufrimiento o las pérdidas –los más de 54 mil casos de infectados de VIH desde principio de los años ochenta, los ocho muertos por día por suicidios, los 30 mil desaparecidos– tienen su contracara en los retazos de biografías que aparecen en conversaciones azarosas, en mensajes de texto que viajan por celular, o que circulan en las colas de búsqueda de empleo en la puerta de una multinacional que hace selección de recursos humanos, en los chats entre amigos o entre amigos-ignotos, en los bares de solos y solas y solas y solos con solos, en los blogs, en los halls de entrada a las torres como viviendas, en los encuentros más fortuitos, más furtivos. Silvina pertenece a un foro virtual de temática animal: “Claudia escribió al Foro preguntando por una araña que tenía en el patio. Y era un argeope, que es una araña muy bonita, muy bonita. Y yo había tenido un argeope en mi casa. Entonces le escribí al privado diciéndole las pocas sosas que yo sabía del argeope. Y entonces nos empezamos a escribir por la araña: me preguntaba qué le daba de comer, y yo le iba contando mi experiencia con la araña”. Eso fue poco antes de la crisis que volteó un par de presidentes, expectativas, y que produjo una de las migraciones más fuertes de las últimas décadas –cerca de un millón de personas– la mayoría jóvenes. Silvina se va de Buenos Aires a San Juan.
─Igual, empezaste a hablar de la crisis para hablar de tu gata anterior.
─Calro, y estuve en San Juan con Hortensia, y después cuando no daba para más en la ciudad, porque yo era muy infeliz (no llueve nunca y la gente vive distinto), volví a Trenquelauquen─. Dejó a Hortensia con sus padres y volvió a Buenos Aires. Vivió en lo de amigas, entre ellas Claudia, y luego fue a lo de otra. Dice que su gata ya se había estabilizado en Trenquelauqen: “Yo le decía ‘estoy preparando la casa para las dos’. Y un día dije ‘pero qué boluda que soy. Para Hortensia yo ya la abandoné hace un año, si no me entiende cuando le hablo’”.
─ ¿Esa fue la última vez que la viste a Claudia?
─ La última vez que salimos con Claudia las dos fue en una charla que dieron en una Sociedad de…nunca me acuerdo. Había todos perros, en las paredes. Tiene que ver con perros de raza. Y se llamaba “Sobre tenencia responsable”. Eran dos charlas, una la daba la profesora de Claudia y otro Romero ¿viste ese veterinario que sale en la tele? ─ Le digo que ni idea, y la segunda pregunta que me hace es si yo tengo alguna muerte jóven cercana. No pensaba responderle, pero me acordé de una frese del libro “Un año sin amor” de Pablo Pérez que cuando la leí, sentí generacional: Vivo en un mundo en el que, cada vez más, los padres entierran a los hijos.
─Igual, empezaste a hablar de la crisis para hablar de tu gata anterior.
─Calro, y estuve en San Juan con Hortensia, y después cuando no daba para más en la ciudad, porque yo era muy infeliz (no llueve nunca y la gente vive distinto), volví a Trenquelauquen─. Dejó a Hortensia con sus padres y volvió a Buenos Aires. Vivió en lo de amigas, entre ellas Claudia, y luego fue a lo de otra. Dice que su gata ya se había estabilizado en Trenquelauqen: “Yo le decía ‘estoy preparando la casa para las dos’. Y un día dije ‘pero qué boluda que soy. Para Hortensia yo ya la abandoné hace un año, si no me entiende cuando le hablo’”.
─ ¿Esa fue la última vez que la viste a Claudia?
─ La última vez que salimos con Claudia las dos fue en una charla que dieron en una Sociedad de…nunca me acuerdo. Había todos perros, en las paredes. Tiene que ver con perros de raza. Y se llamaba “Sobre tenencia responsable”. Eran dos charlas, una la daba la profesora de Claudia y otro Romero ¿viste ese veterinario que sale en la tele? ─ Le digo que ni idea, y la segunda pregunta que me hace es si yo tengo alguna muerte jóven cercana. No pensaba responderle, pero me acordé de una frese del libro “Un año sin amor” de Pablo Pérez que cuando la leí, sentí generacional: Vivo en un mundo en el que, cada vez más, los padres entierran a los hijos.
Antes de obligarme a un repaso por mis propias necrológicas, retoma el tema de su amistad: “Y un día se murió la araña de Claudia y me escribió y me encantó el mail: me dijo que era una de las pocas personas de con las que podían hablar del tema. Sabía que yo iba a entender su tristeza”, me cuenta con esa hermosa y extraña sensación de felicidad en formato de agonía.
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* este fragmento corresponde a una serie de textos mios "sobre la vida en la ciudad" que a partir de una clínica con María Moreno se iba a publicar en una antología colectiva sobre "nuevas crónicas urbanas".
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